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Las pequeñas cosas que marcan la diferencia en el cristiano

Las pequeñas cosas que marcan la diferencia en el cristiano

1. Base Bíblica: Proverbios 26:1-28

Introducción:

Un paso esencial para experimentar un cambio en nuestra vida, radica en abrirle las puertas al Señor Jesucristo y reconocer que hemos fallado. Una demostración fehaciente del tremendo error de no admitir fallas, lo manifiestan los necios: no solamente saben que están mal en sus pensamientos y actuaciones, sino que justifican su comportamiento.

El proceso de testimoniar el cambio y crecimiento, tanto personal como espiritual, implica el que haya en la vida del cristiano una tácita demostración de prudencia, midiendo cuidadosamente el alcance de lo que se piensa y hace.

1. Si obramos neciamente, cosecharemos frutos de necedad

¿Ha tratado de hacerle entender a una persona dominada por la terquedad que se encuentra en un error? Probablemente si, como nos ha ocurrido a la mayoría de nosotros. El problema estriba en que el necio, como lo identifica la Biblia, no solo persiste en sus fallas sino que las justifica.

Aprendemos por el rey Salomón que resulta infructuoso hacer entrar en razón a un necio (versículos 4-6). ¿La razón? A pesar de sus yerros están convencidos de que tienen la razón (versículo 11) Incluso, revelan lo que encierra su corazón en lo que expresan (versículos 7, 9). Aunque parezca muy duro plantearlo en esos términos, con los necios lo más aconsejable es no asumir compromisos (versículo 10).

La misma condición en que están inmersos, determina que no prosperan y difícilmente les llevaremos a razonar con nuestros razonamientos, y más aún: conducirlos a que avancen (versículo 12). Hay quienes por tratar de congraciarse con los que piensan y obran con necedad, les exaltan. Tremendo error. Merecen respeto, como todo ser humano, pero de ninguna manera exaltación (versículos 1, 8). Al fin y al cabo, por lo que hacen quienes se mueven en la dimensión de la necedad, no acarrean sobre sí otra cosa que castigo (versículo 3).

2. Todo será diferente si valoramos la prudencia

Ocurrió en una céntrica avenida de la ciudad. Dos personas se encontraban enfrascadas en una acalorada discusión. Alguien se acercó a tratar de mediar en la situación. “No se inmiscuya que no es asunto suyo”, le dijo uno de los contendores. Quien había intervenido para zanjar la diferencia, no hizo más que alejarse abochornado.

La Escritura nos enseña a valorar en su verdadera dimensión la prudencia; enseña que “meterse en pleitos ajenos es como agarrar un perro por los orejas” (Proverbios 26:15, Nueva Biblia al Día). Lo más aconsejable es alejarse, y si nuestra inclinación es a propiciar conflictos, con mayor razón debemos guardarnos de nuestras reacciones (Cf. v. 21)

En ese propósito de obrar con prudencia, fundamento para construir relaciones interpersonales sólidas, se encuentra el hecho de que aprendamos a medir lo que decimos (versículo 2)

3. Los chismes, el odio y la pereza, ¿cómo afectan al cristiano?

Hay aparentes pequeñas cosas que afectan la vida del cristiano. No les damos trascendencia pero revisten una significación especial. Porque afectan negativamente la forma de pensar y actuar de las personas.

Los chismes son un primer aspecto que abordaremos, porque es altamente perjudicial para nosotros. Comienzan como algo aparentemente insignificante, pero se convierten en una tremenda bola de nieve que provocan un daño terrible (versículos 2º0, 22, 28).

Un segundo elemento es la pereza. Lleva a quien la permite, a experimentar estancamiento en las dimensiones personal y espiritual (Cf. versículos 13-16). Produce además de un sentimiento de derrota, una barrera que impide progresar.

Un tercer elemento con una poderosa carga negativa, es planear y ejecutar el mal contra el prójimo. Aunque no alcanzamos a medir el alcance de lo que se desencadena, olvidamos que es como un boomerang que se vuelve en contra nuestra (Cf. versículos 19, 20, 27)

Conclusión:

Una forma de hacer mal, es permitir que el odio anide en nuestro corazón y alimentar ese sentimiento (Cf. versículos 24-26). Es necesario permitir que Dios transforme nuestro ser y opere esa sanidad interior que sólo Él puede ministrar.


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